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El eco de la propuesta de mi padre resonaba en mis oídos como una sentencia de muerte civil. Al salir de aquel salón, me sentí como si me hubieran arrojado sin previo aviso a un abismo oscuro y profundo; mi mente, entrenada para el orden y la lógica corporativa, luchaba desesperadamente por encontrar una pared sólida de la que aferrarse. Las palabras de mi padre, cargadas de una derrota que me quemaba la piel —"Él quiere que te cases con él"—, se repetían en un bucle







