Cuando la noche llegó y las chicas se retiraron a dormir, Luciana y Alejandro se quedaron un momento a solas en la sala, junto al fuego.
—Gracias por esto, Alejandro. De verdad... no sé cómo agradecerte —dijo Luciana, apoyando su cabeza en su hombro.
—No tienes que agradecerme nada. Solo quiero que sepas lo importante que eres para mí —respondió él, rodeándola con su brazo.
Luciana levantó la vista para mirarlo, sus ojos llenos de algo más que gratitud. Quizá, después de todo, este viaje no sol