Ana, la más serena de las dos, se inclinó hacia adelante, pero su rostro reflejaba claramente sus dudas. —¿Estás segura de que eso es lo que quieres? Sabes cómo es Alejandro… —dijo, con un tono que Luciana conocía bien. Ese tono de advertencia que su amiga siempre usaba cuando sentía que Luciana estaba a punto de caer en una trampa emocional.
—No sé, Ana, soy impulsiva a veces —admitió Luciana, sintiendo cómo sus pensamientos se enredaban más con cada palabra—. Siento que me está ayudando, pero