Alejandro la miró, con una ternura infinita en sus ojos. Se inclinó hacia adelante y besó su mejilla suavemente, sin querer despertarla. Luego, acomodó las sábanas alrededor de ella, asegurándose de que estuviera cómoda, y apagó las luces, dejando solo una tenue iluminación proveniente de la lámpara de la esquina de la habitación.
Antes de acostarse a su lado, Alejandro se detuvo un momento para mirarla. Luciana parecía tan en paz, tan hermosa. Se inclinó una vez más y la besó suavemente en los