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El timbre de la puerta sonó. Imaginé que era mi asistente quien venía a dejarme las cosas. Me levanté así como estaba, despeinada, descalza y arropada en aquel blanco y radiante albornoz que me llegaba casi al muslo.

—¡Parece que fuiste a elaborar tú misma las prendas, tardaste mucho! —reclamé debido a mi cansancio y tristeza.

—No las elaboré yo mismo, pero sí tardé porque tuve que viajar desde otro país. —Dijo Andy. Sí, el maldito puto estaba de pie en la puerta de mi habitación. El muy maldit
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