Invité al señor Li a tomar un café y compartimos un beso que me recordó a una parte de mi vida muy importante de mi pasado. El temor se apoderó de mí, y lo aparté de manera brusca.
—Lo siento —me disculpo.
—Es mi culpa, por favor no te enojes ni te alejes —me pide casi a modo de súplica, mientras sostiene mis manos que están en su pecho marcando distancia entre nosotros.
Ambos estamos sin aliento, con nuestros corazones latiendo al unísono. Sabemos que cruzamos un límite, pero ninguna fuerza en