Tessa
Aun no entendía como había logrado tomar el ascensor y entrar a la sala de espera de la clínica Providence, sin caer redonda. Lo único que podía sentir era mi pulso en los oídos y el zumbido de los tubos fluorescentes que colgaban del techo blanco.
Avancé por el pasillo que llevaba a la sala de espera privada que habían acondicionado para los Hamilton – Acher, y me detuve en la entrada con un nudo en la garganta, no importaba cuantas veces me hubiese dicho: «No fue tu culpa». En el fondo,