Cameron
La terminal de vuelos privados por lo general estaba abarrotada de ejecutivos, pero a esa hora de la noche se percibía lo suficiente tranquila como para que ningún fotógrafo carroñero se atreviese a asomar sus narices, mientras abordábamos.
Aunque abordar, solo era posible, si ella llegaba y a juzgar por las miradas impertinentes de los pilotos que bajaban cada pocos minutos a comprobar si se cancelaba el vuelo. Sentía que, a cada segundo, había menos posibilidades de que eso ocurriese.