Lucien avanzó con una furia contenida, sus ojos negros como el abismo, mientras mantenía a Clara detrás de él. El silencio de la mansión, roto solo por las palabras venenosas de Elise, hacía que la tensión en el aire fuera sofocante. Clara, incapaz de entender del todo lo que estaba ocurriendo, sintió cómo su corazón latía con fuerza en su pecho. La amenaza que Elise representaba ahora era tangible, una sombra peligrosa que los acechaba.
—Te lo advierto una vez más, Elise —gruñó Lucien, su voz