Lion no me hablaba. Era la primera vez que el alemán estaba tan furioso conmigo, tanto que ni me dejaba abrazarle, si de por sí ya tenía las hormonas alborotadas me ponía aún más triste con la frialdad de mi pareja.
—¡Ya perdóname por lo de la broma, Lyon! No fue con mala intención. —él me miró desde su escritorio de forma larga y tendida, hasta que finalmente suspiró y me dejó sentarme en su regazo para mimarme.
—No tenemos remedio, Yuslevi. Te amo con todas tus locuras y eso es todo lo que