Me encantaba que Waldo fuera un hombre lobo y resultase tan vehemente y apasionado, como una fiera en al cama. Es que me excitaba el hecho de que él fuera un licántropo y las veces que hacíamos el amor, le pedía, a gritos, siempre, que se transformara en un cánido y se tornara violento y hambriento y que me devore igual si fuera una apetitosa y suculenta presa. Me encantaba sentir su pelaje entre mis dedos, admirar sus fauces enormes, sus colmillos afilados, sus garras apareciendo en sus uñas y