Un frío viento nos envolvió al inicio del otoño. Vi a Sarah estremecerse, así que me quité el saco y se lo puse sobre los hombros.
- Cariño, abrígate. No quiero que te me enfermes, le dije con una sonrisa.
Ella medio sonrió y susurró: ¿Qué haces?
- Cuidando a mi esposa, respondí, acercándome más a ella. Vi que con mi cercanía ella empezaba a sonrojarse un poco, lo cual me hizo sentir una extraña calidez. Besé su mejilla y, cerca de su oído, susurré: Cuida tus facciones, hay gente mirándonos.
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