Diego ordenó a los guardaespaldas emboscados en el patio trasero, pero no apareció nadie.
—¡Ayuda! ¡Ayuda!
Les llamó de nuevo pero aún nadie entró en la sala, así que se fue al patio trasero.
Acababa de llegar al patio trasero, vio a decenas de guardaespaldas tirados en el suelo, ya muertos.
Un hombre con una chaqueta de cuero estaba de pie, ignorando los cadáveres que había por todo el suelo, mirándole a Diego, inexpresivo, como si fuera la Muerte.
Diego estaba sudando frío por el miedo.