Valentina
La segunda dirección estaba vacía.
Will y yo entramos a una casa abandonada con telarañas en las ventanas y correo acumulado en el buzón que nadie recogió en meses. Revisamos cada habitación. Nada. Ni rastro de Adam. Ni rastro de Dafne.
Solo quedaba una dirección. La última.
—Volvamos —dijo Will con la mandíbula apretada—. Los demás ya llegaron. Necesitamos reagruparnos antes de ir a la tercera.
Condujimos de vuelta en silencio.
Cuando estacionamos frente a la casa de los abuelos Fox,