Deivyd
Ethan pidió costillas. Yo pedí lo que fuera que estuviera más cerca en el menú porque mi cerebro no tenía capacidad para decisiones culinarias cuando estaba ocupado al cien por ciento en no delatarme.
Ethan estaba de buen humor. Relajado. El Ethan que se reía con la boca llena, que contaba anécdotas de los gemelos como si fueran los primeros bebés en la historia de la humanidad.
—¿Sabes qué me dijo Adonias ayer? —me contó, con un trozo de costilla en el tenedor y una sonrisa de padre idi