No conocía la felicidad hasta hoy que la tengo en mis brazos. Sus ojos me miran, es como si me conociera, ambas sentimos una paz enorme estando juntas.
―Desearía que nunca más te apartaran de mí ―susurro, mientras acerco mi cara a la suya y beso su mejilla rozada. ―Eres tan hermosa, mi pequeña.
―Ya debo devolverla a su cuna ―interrumpe nuestro vínculo la niñera que le asignaron.
Por un momento olvidé que le hablaron a esta joven para que me acompañara, o más bien para que me vigilara mientras a