La vista nocturna del Paseo Marítimo era famosa por su belleza. A ambos lados de la amplia carretera de asfalto, destellaban brillantes luces, como un camino hacia el paraíso, extendiéndose interminablemente hacia el horizonte.
Clara bajó la ventanilla del coche, dejando que la brisa marina entrara.
El fresco viento marino se coló en su cuello, enfriando incluso su corazón.
Paloma controlaba el volante y le recordó: —No te enfríes demasiado.
—Solo por un rato. —Clara apoyó sus manos en la ventan