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Capítulo 6. El peso de una petición.

Capítulo 6.

El peso de una petición.

POV: Álvaro

Es una locura lo que estoy haciendo. Me presto a este juego, pero, de cierta manera, es la oportunidad que buscaba para hablar con ella a solas, sin la presencia asfixiante y constante de Tiffany.

Al terminar de ponerme el esmoquin, salgo al estudio a esperarla. En ese momento, ella aparece. Se ha puesto un vestido elegante, de una sensualidad sutil que realza sus curvas de una forma que nunca antes había detallado. Lleva un maquillaje impecable y un peinado de moño alto que deja al descubierto la delicadeza de su cuello. No puedo evitar pasar saliva; algo en su porte, en la elegancia natural de sus movimientos, me distrae por completo.

—Qué bien. Aquí viene la señora Villanueva —anuncia la fotógrafa con entusiasmo.

Ashley me mira con timidez, acercándose lentamente, como si cada paso le costara un esfuerzo sobrehumano.

—¿Están listos? —pregunta la mujer detrás de la cámara.

—Sí… —respondemos al unísono. Nuestras voces se mezclan, creando una vibración extraña en el aire.

—Está bien, solo… un poco más cerca.

Ella se acomoda a mi lado con rigidez. Yo me pego a ella, sintiendo el calor que emana de su cuerpo. Ella esboza una sonrisa ligera, profesional, pero la fotógrafa no está satisfecha.

—Solo un poco más cerca. Casi sin espacio entre ustedes.

Nos acercamos hasta que nuestras hombros se rozan. El perfume de Ashley me golpea; es diferente al de Tiffany, más suave, más floral.

—Sí, así. Ahora, señor, ¿podría abrazarla?

Ashley levanta la mirada hacia mí y veo cómo se estremece. Sus párpados aletean con nerviosismo mientras se apoya contra mi pecho. Deslizo mi mano por su cintura hasta posarla en su cadera, atrayéndola por completo hacia mí. Su respiración se vuelve errática; puedo notar el vaivén acelerado de su pecho bajo la tela del vestido. Me mira por un instante eterno, sus ojos verdes fijos en los míos, cargados de una angustia que no logro descifrar.

—¿Qué tienes? —le susurro, solo para que ella me escuche. Está temblando ligeramente entre mis brazos.

Ella mantiene el contacto visual, atrapada en mi agarre.

—Nada. Estoy bien —miente, aunque sus dedos se clavan levemente en mi brazo.

—Ahora, por favor —interrumpe la fotógrafa—, póngase usted, señorita, al frente, y el señor detrás. Abrácela por la espalda.

Nos movemos. Ella se acomoda delante de mí. Paso mis brazos alrededor de su cuerpo, tomándola firmemente por las caderas. Al apretarla contra mí, Ashley suelta un jadeo. Es un sonido ligero, casi imperceptible, pero me traslada de inmediato a un recuerdo vago de anoche: Tiffany encima de mí, jadeando de la misma forma contra mi oído en la oscuridad de la cocina.

La sensación es tan real que me quedo paralizado. Ashley se gira un poco para mirarme y nuestras miradas chocan con una intensidad eléctrica. No pasan más de unos segundos antes de que ella se zafe bruscamente de mis brazos.

—Disculpe, yo… necesito un momento —dice con la voz quebrada.

Sale del salón prácticamente corriendo, dejándome desconcertado y con el pulso acelerado en medio del estudio.

—¿Está bien su esposa, señor? —La fotógrafa me mira incómoda.

—Deme unos minutos —respondo, tratando de recuperar la compostura.

—Solo faltan dos fotos.

—Sí, solo unos minutos.

Salgo en su búsqueda con una urgencia que me quema. Un asistente me señala la dirección de los baños. Me detengo frente a la puerta, dudando.

—¿Ashley? —la llamo una vez. No hay respuesta.

Mi corazón late con fuerza, impulsado por una mezcla de preocupación y una curiosidad que me desborda. Entro al área de tocadores y la encuentro allí, frente al espejo, guardando rápidamente un frasco de pastillas en su bolso. Está pálida.

—¿Estás bien?

Ella me mira con ojos aterrados, agitada, como si el aire no llegara a sus pulmones.

—Lo siento… me das unos minutos, por favor —articula con dificultad.

Veo la angustia en sus ojos, rojos por las lágrimas que cristalizan su mirada. No puedo dar un paso atrás; algo magnético me atrae hacia ella y, sin pensarlo, la envuelvo en un abrazo. Ella duda, sus manos quedan suspendidas en el aire un segundo, pero luego se rinde y me aprieta con una fuerza desesperada. Se aferra a mi pecho, escondiendo su rostro, y por un momento siento que somos los únicos dos seres en el mundo.

—Sea lo que sea que te tiene así, no estás sola. Estoy contigo —le digo al oído.

Se queda así unos segundos más. Finalmente, me suelta y da un paso atrás, recomponiéndose.

—Puedes hablar conmigo —insisto.

—Gracias, pero estoy bien. Saldré en un minuto.

La miro en silencio, tratando de leer tras esa máscara de seriedad que siempre lleva puesta. Asiento finalmente.

—Ok. Te espero afuera.

Pasan apenas unos segundos antes de que vuelva a salir. Esta vez se ve más calmada, casi fría de nuevo. Las últimas dos fotos se toman con una normalidad mecánica, pero la tensión sigue ahí, vibrando bajo la superficie. Tras confirmar las tomas que quiero, la espero en la recepción. Ella aparece ya con su ropa anterior, aferrada a su bolso, evitando mi mirada.

—¿Vamos a casa? —pregunta, con la voz apagada.

—No. Quiero que me acompañes a un lugar antes.

Ashley me mira con desconfianza, sus ojos verdes analizando los míos.

—¿A dónde?

—Ya lo sabrás. Ven conmigo.— Pido, tomando sus caderas.

La guío hasta una pequeña cafetería, un lugar discreto y acogedor en el mismo centro comercial.

—Toma asiento —le indico, señalando la última mesa, la más apartada.

Ashley asiente mecánicamente. Se mueve con una pasividad que me inquieta; está distante, como si su cuerpo estuviera presente pero su mente habitara en otro lugar. Ni siquiera parece notar que estoy sentado frente a ella. Tiene la mirada perdida y presiento que es por el medicamento que tomó en el baño. Sus pupilas están ligeramente dilatadas y noto que le cuesta horrores sostener mi mirada.

—¿Qué te tomaste, Ashley? —le pregunto directamente.

Ella no voltea a verme. Se queda fija en un punto fuera de la cafetería.

—Señor, su orden —interrumpe el camarero—. Dos chocolates calientes y una ración de galletas de vainilla, ¿correcto?

Es en ese preciso instante cuando Ashley reacciona. Voltea a verme con una sorpresa genuina, sus ojos enfocan primero la bandeja y luego se clavan en los míos. Me mira en silencio, con una expresión de incredulidad absoluta, como si no pudiera procesar que yo sea capaz de recordar este detalle después de tantos años.

—Sí, es correcto. Muchas gracias —confirmo, sin apartar la vista de ella ni un segundo.

El camarero se retira y el silencio vuelve a caer sobre nosotros, pero ahora es diferente, lo noto en su expresión.

—¿Qué pasa? —le digo con un tono más suave—. ¿Te sorprende que recuerde que te gusta el chocolate con galletas de vainilla?

Ella baja la mirada de inmediato. Sus ojos, vacíos por un instante debido al efecto del fármaco, parecen llenarse de una melancolía pesada.

—Dime la verdad, ¿qué te tomaste? —insisto, inclinándome hacia adelante.

—No es nada —responde con voz monótona—. Solo es una pastilla para el dolor de cabeza.

—¿Dolor de cabeza? ¿Desde cuándo una pastilla para el dolor de cabeza te desconecta del mundo de esta manera?

Ashley me mira durante unos segundos, pero la presión de la situación la desborda. Se levanta de golpe de la silla, apretando su bolso contra su pecho.

—Quiero irme a casa, Álvaro. Por favor.

—Ok, ok, tranquila. Siéntate —le pido, alzando las manos en señal de paz—. No te haré más preguntas, lo prometo. Solo disfrutemos del chocolate y las galletas, ¿te parece? ¿O vas a despreciarme este detalle?

Me mira dudosa, debatiéndose entre huir o quedarse. Finalmente, el peso de los recuerdos parece ganar la batalla. Toma asiento una vez más y, con dedos temblorosos, alcanza su taza y una de las galletas.

—¡Buen provecho!—dice ella en un susurro apenas audible, intentando forzar una pequeña sonrisa que no llega a sus ojos.

Sonrío también, sintiendo un extraño calor en el pecho. Tomo mi taza y una galleta, chocándola suavemente contra la suya en un brindis silencioso por lo que alguna vez fuimos.

—¡Buen provecho! Ashley.

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