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Capítulo 7. El eco de una noche.

Capítulo 7.

El Eco de una Noche

POV Ashley

Lo observo en silencio desde mi lado de la mesa, permitiéndome el lujo prohibido de disfrutar de este momento. Aunque las pastillas que he tomado para calmar los nervios mantienen mis emociones bajo una neblina espesa, quiero grabar este instante en mi memoria. Me parece increíble, casi especial, que haya recordado mi debilidad por el chocolate caliente y las galletas de vainilla.

Intento luchar contra el sopor de los fármacos. Lo detallo con una atención que no me había permitido en meses. Álvaro parece haber crecido; juraría que ahora roza el metro noventa. Está más fornido, más imponente. Incluso bajo el grueso abrigo que lleva, se adivina el relieve de sus músculos; un cuerpo atlético y poderoso que posee de forma natural, pues aunque jamás se ha esclavizado en un gimnasio, se mantiene en una forma insultante.

Es como un modelo de revista de alta costura, pero con una masculinidad mucho más cruda y real. Mis pensamientos se desvían inevitablemente a sus dotes, a esa hombría que anoche casi me atraviesa con sus dieciséis centímetros de pura potencia… Deslizo mi dedo índice por mis labios, sintiendo un calor súbito que me recorre la pelvis al recordarlo. No puedo dejar de observar sus labios gruesos, que cuando se abren revelan una sonrisa de dientes blancos perfectos; una condenada sonrisa que me derrite con solo verla. Su nariz es rectilínea, impecable, y sus ojos azules grisáceos funcionan como un imán: fuertes, atrayentes, cargados de una mirada fría enmarcada por pestañas espesas y cejas finas. Y luego está su cabello, negro azabache y revoltoso, dejando caer pequeños mechones sobre su frente para completar ese porte de chico malo que me mantiene hipnotizada.

Me tiene bajo su hechizo. Es como un demonio que succiona mi energía y mi alma, atrayendo toda mi atención. Me tiene bajo su completo control.

—No te recordaba tan silenciosa —dice al fin, rompiendo el trance y llamando mi atención.

—¿A qué te refieres? —pregunto con curiosidad, ansiosa por saber qué pasa por esa mente suya.

—Te recuerdo siendo una parlanchina. Solías hablar tanto que a veces solía perderme en todo lo que me decías, con la boca llena de galletas y chorreando chocolate…

Al escucharlo, me atraganto con el sorbo de chocolate y el trozo de galleta que tengo en la boca. Empiezo a toser ligeramente.

—Ahí está… —dice él, estirando la mano con una servilleta para limpiar mi barbilla. El gesto me pone en alerta máxima.

—Yo… yo puedo… —digo nerviosa, intentando quitarle la servilleta, pero él, terco como siempre, me lo impide.

—Tienes chocolate incluso en el cuello.

Volteo la cara para facilitarle el acceso y él se detiene de golpe. Me mira fijamente, con una intensidad que me corta la respiración. Yo le devuelvo la mirada, sintiendo cómo el corazón me golpea el pecho.

—¿Ya? —pregunto, tragando saliva ante su cercanía y esa expresión seria que suele poner cuando detecta que algo anda mal—. ¿Qué pasa? —susurro con la voz ronca, apenas un hilo de aire.

—Nada. Ya está —responde, regresando lentamente a su lugar.

No vuelve a tocar su chocolate. Solo me mira. Es una mirada fija, analítica, de esas que me ponen ansiosa porque siento que está leyendo mis secretos a través de la piel.

—Disculpa, voy al baño.

Me levanto apresurada. Él no dice nada, solo me sigue con la vista mientras levanta la mano para llamar a la mesera.

Me encierro en el baño y voy directa al tocador. Me lavo la cara una y otra vez con agua fría, tratando de despejar la inquietud. Entonces, noto una pequeña mancha oscura en el cuello de mi camisa. Al intentar limpiarla, mi sangre se congela. Cerca de mi clavícula, hay un chupón. Una marca rojiza y evidente que, sin duda, él me hizo anoche.

Me pongo tensa. ¿Lo habrá asociado a lo de anoche? No, es imposible. Estaba ebrio. Si hubiera recordado algo, ya lo habría dicho. Álvaro no se reserva nada; cuando algo no le gusta o le inquieta, lo suelta de inmediato. Pero la duda me consume como un ácido.

Pasan varios minutos antes de que me atreva a salir. Él está ahí, mirando por la ventana con la mano apoyada en el respaldo del sofá. Parece distante, pensativo. Como si percibiera mi presencia sin necesidad de mirar, voltea hacia mí.

—¿Quieres volver a casa ya, o deseas comer otra cosa?

—Quiero volver, si no es problema para ti.

—No lo es. No quieres hablar conmigo, te sientes incómoda y lo entiendo, pero no somos extraños… —Lo interrumpo antes de que siga por ese camino.

—Vamos a casa, ¿sí?

—De acuerdo.

Caminamos hacia la salida. En ese momento, un grupo de personas entra al local con prisa, obligándome a retroceder bruscamente. El impacto me arroja directamente a los brazos de Álvaro, quien me recibe con firmeza. En cuanto su mano se desliza por mi abdomen para sostenerme, mi cuerpo reacciona con una descarga de adrenalina. Sujeto su mano con fuerza, apretándola, mientras jadeo agitada.

Mi mente me traiciona y me envía un flash de anoche: yo sobre él, de espaldas, apoyando mi cabeza en su hombro mientras él me embestía con fuerza, envolviendo mi abdomen en un abrazo posesivo, presionándome contra su cuerpo.

Respiro con dificultad y me alejo de él de un tirón. Mis manos tiemblan.

—Lo siento… ¿te golpeé de alguna manera? —pregunto observándolo detenidamente.

Él niega con la cabeza, sin desviarme la mirada.

—Yo… quiero agua. Si quieres vuelve a la empresa, yo tomaré un taxi. Tengo que ir a una farmacia, necesito unas cosas personales.

—Te acompaño —responde sin dejar espacio a la discusión.

—No es necesario.

—Vamos, no estamos lejos. Te compro el agua y te llevaré a casa.

No me deja opción. Al llegar a la farmacia, la tensión se vuelve insoportable. Me detengo en la entrada antes de entrar.

—¿Podrías esperar aquí? Voy a comprar cosas íntimas aparte del agua y no quiero que vengas.

Él asiente con naturalidad.

—Sí, está bien. Ve.

—Gracias.

Entro casi corriendo. Busco una botella de agua y camino por los pasillos, buscando desesperadamente el estante de anticonceptivos de emergencia. No los veo por ninguna parte. Estoy a punto de entrar en pánico cuando, al llegar a la caja, las veo ahí mismo, detrás del mostrador.

—Podría darme una… —empiezo a decir, con el corazón en la boca, rogando porque Álvaro no decida entrar en este preciso instante.

— ¿Cuál marca desea?

— La mejor, es la primera vez que las tomo, que sean las más efectivas.

— Ok, está es nuestra marca reconocida, debe tomar dos y listo. ¿Desea algo más?

Saco la pastilla y me las llevo a la boca, destapando la botella de agua, me las tomo rápidamente.

— ¿Podría votar la caja por favor?

— Si, aquí tiene su factura.

— Vótela también. Gracias.

Salgo con la botella de agua en mano, notando que estaba por entrar.

— ¿Lista? ¿Conseguiste lo que buscabas?

— Si, ¿Nos vamos?

— Vamos.

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hebracorbueno, x lo menos fue inteligente y tomo la pastilla pa prevenir un embarazo!!!
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