En eso estaban cuando de pronto se abrió la puerta de la cabaña al entrar Zurab. No se pudieron separar a tiempo para que no los viera, los ojos de Zurab se abrieron como platos. Luego sonrió con complicidad.
—¡Caramba! Después de todo el hombre no está muerto —la carcajada que soltó llenó la pequeña cabaña e hizo desaparecer la cara de sorpresa de él y el rubor de ella.
Finalmente todos se echaron a reír con ganas hasta que las lágrimas les saltaban de los ojos, la risa, como un suave bálsamo