Un golpe a la puerta de mi habitación me saca de concentración. ¿Quién demonio osa interrumpirme cuando fui claro con mi puto personal que no quería que nadie me molestara? Decido ignorarlo, pero su insistencia me saca de quicio. Lleno de ira y enojo, abandono lo que estoy haciendo.
―Aún no termino contigo, Sheila ―saco mi polla de su interior y, de mala gana, abandono la cama―. Continuaremos con esto más tarde ―una sonrisa cínica tira de las esquinas de mi boca―. No vayas a ningún lado.
Suelto