La carcajada de Dylan se debió escuchar hasta la casa de su abuela, yo no podía de la vergüenza, en verdad tenía razón. Lo había pajeado por morbosa.
—No te burles, pero sentí morbosidad.
—¡Ah!, pero qué lindo. Entonces ¿echémosle mano? —volvió a soltar la carcajada—. Debo ir a casa, acabo de hacer un desastre en mi bóxer. —no fui capaz de mirarlo—. Nos sentamos en la cama, tomó mi rostro obligándome a mirarlo, se veía diferente, se veía feliz—. Desde la muerte del señor Luis no he estado con u