Antes de seguir pasando pena tomé el jugo y no sé si era por el calor; la camiseta la tenía pegada a la espalda, el fastidio entre los dedos del pie por las abarcas, no lo sé. Lo cierto era que este jugo se supo deliciosísimo, tenía mucho hielo. Me lo tomé un trago tras otro y sin respiración, causé las risas en los presentes.
—¡No hay como el jugo de corozo! —dijo Bodoque.
—¡Mi madre y abuela deben probar esta delicia!
—Ya te ganaste mi corazón jovencito.
Habló la señora Rosalba, la sonrisa de