Sergio fue el primero en recuperar la calma.
—Ya que lo viste, no voy a seguir mintiéndote. Martita no podría adaptarse al norte. Tú has sido fuerte desde pequeña. Puedes vivir muy bien por tu cuenta.
Marta, con los ojos enrojecidos, lo sujetó.
No lloré.
Solo señalé el historial del chat en la pantalla.
—¿Quién hizo los formularios falsos?
—Yo los imprimí —admitió Sergio sin rodeos.
—¿Quién propuso jugar a verdad o reto?
La mirada de Marta vaciló un instante antes de que Axel Cuéllar se interpusiera entre ella y yo.
—La idea fue de todos. No te ensañes con Martita.
Asentí y volví a mirar a Sergio.
—¿Aceptar ser mi novio anoche también era parte del plan?
Sergio tragó saliva.
—Tú no quieres una relación a distancia. Si no hubiera aceptado, no ibas a firmar.
Lo dijo como si fuera muy lógico, sin mostrar mucho remordimiento.
De pronto, Marta intentó arrebatarle a Roberto Barreto el celular que tenía en la mano.
—Todo es mi culpa. Voy a cambiar mi elección. Yo me iré al norte con Patricia. Ustedes quédense en la Capital.
Los cuatro la rodearon al mismo tiempo, entre ellos Hugo Cordero, que le arrebató el celular.
—¡Ya llegó la carta de admisión de la Universidad Nacional! ¿Qué vas a cambiar a estas alturas?
—Pero ¿qué va a pasar con Patricia?
Marta lloraba tanto que le temblaban los hombros.
—Se irá sola a un lugar tan lejano. Va a estar muy triste.
Sergio sacó un pañuelo de papel y le secó las lágrimas.
—Siempre ha sido independiente. Le irá bien en cualquier lugar. Tú tienes una salud delicada y nunca has salido de la Capital. No pongas en juego tu futuro por un arrebato.
A unos pasos de ellos, al observarlos consolarla, comprendí que el problema no era que el norte no fuera adecuado para Marta.
Era que no soportaban verla sufrir, pero sí estaban dispuestos a sacrificarme a mí para evitarlo, incluido Roberto, que se acomodó los lentes y habló con la misma calma de siempre.
—Patricia, aunque el método no fue muy honorable, considerando el resultado, todos conseguimos la mejor opción. Tú irás al instituto de investigación más adecuado para ti y nosotros nos quedaremos en la Capital con Martita. Nadie salió perjudicado.
Sonreí un poco.
—¿Y todavía tengo que darles las gracias?
Axel percibió mi sarcasmo y su expresión se endureció.
—Tú también querías ir al norte. Si no, ¿por qué no rechazaste al profesor cuando se puso en contacto contigo tantas veces? Solo te ayudamos a decidirte.
Era cierto que quería ir, desde pequeña soñaba con dedicarme a la línea de investigación de aquel proyecto, pero había rechazado dos invitaciones solo porque no quería separarme de ellos.
Aunque incluso había considerado renunciar a la línea de investigación que más me apasionaba para quedarme con ellos en la Capital, ya no tenía sentido decirles nada de eso, así que tomé la carta de admisión que estaba sobre la mesa.
Sergio me detuvo.
—¿Adónde vas?
—A casa.
—¿Y qué pasa con lo nuestro?
Lo miré.
—¿Lo nuestro?
Su expresión se tensó un instante.
—Patricia de la Cruz, no hables así por enojo. Acepté ser tu novio para que firmaras el acuerdo, pero no todo es mentira. Estaré contigo hasta que empiecen las clases y después iré a verte cuando tenga tiempo. ¿No es lo que querías?
Mientras Marta intentaba convencerme en voz baja, comprendí que, para él, ser mi novio durante dos meses ya era un favor inmenso.
—Patricia, de verdad le importas mucho a Sergio. Anoche, después de que te quedaste dormida, hasta te tapó con una cobija.
Estuve a punto de soltar una carcajada al pensar que me había engañado para que firmara un acuerdo del que no podía retractarme y luego me había tapado con una cobija, de modo que, visto así, sin duda había salido ganando.
—Entonces asegúrense de estar juntos para siempre.
Tomé el medallón de la suerte y lo puse frente a Marta.
—¿No querías quedarte con nuestra infancia?
—Te regalo esto también.
Marta no se atrevió a aceptarlo mientras Sergio fruncía cada vez más el ceño.
—¿Qué te pasa? ¿No decías siempre que los cinco jamás nos separaríamos?
—Eso era antes.
Después de que me di la vuelta y me fui, el celular vibró en mi bolsillo con unos mensajes que me había enviado el profesor del instituto de investigación.
“El vehículo que la recogerá llegará a la Capital dentro de cuarenta y ocho horas”.
“Patricia, por favor confirme si se unirá al equipo por anticipado”.
Pulsé el botón de confirmación de mi incorporación al proyecto, que exigía estricta confidencialidad. Una vez que entrara en la base de investigación, mi línea de celular y mis dispositivos personales quedarían bajo resguardo, por lo que, por un tiempo, nadie podría encontrarme.
Apagué la pantalla y puse en modo no molestar el grupo de los cinco, que me había acompañado durante dieciocho años.
Creían que, como siempre, me enojaría, lloraría y luego volvería dócilmente a su lado, pero esta vez ya no los quería en mi vida.