La vida en la base de investigación del norte era más ajetreada de lo que había imaginado, con una primera semana en la que acompañé a mi asesor de investigación al campo de pruebas en el desierto.
De día, cuarenta grados.
De noche, casi cero.
Como el viento venía cargado de arena, una compañera veterana del equipo me pasó un pañuelo para cubrirme la cara.
—¿Te arrepientes?
Negué con la cabeza.
—No.
—¿Extrañas tu casa?
Lo pensé un momento.
—Extraño a mis papás.
—¿Y a los demás?
—No hay nadie más