Capítulo 2
Antes de irme, quería devolverles sus cosas, entre ellas la primera medalla de baloncesto que Axel me había puesto en las manos cuando teníamos doce años tras decir que temía perderla y pedirme que se la guardara.

Al ir al gimnasio a buscarlo con la medalla, encontré a Axel de rodillas, armando un perchero para el cuarto de Marta, con colchones, lámparas de escritorio y cajas organizadoras amontonados a su lado.

—Pon eso un poco más abajo.

—No alcanzo —dijo Marta mientras indicaba la altura.

Axel lo desarmó y volvió a armarlo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó al verme, como si nada.

—Te la devuelvo —dije al tenderle la medalla.

Axel se quedó confundido un instante.

—¿No puedes seguir guardándola tú? ¿Por qué me la devuelves?

—Temo no tener otra oportunidad después.

No entendió a qué me refería y metió la medalla sin cuidado en una caja de cartón llena de cosas.

—Llegas a tiempo. Todavía falta un gancho en el cuarto de Martita. Tú estás fuerte, ven a ayudar.

No me moví.

Marta se apresuró a decir:

—No hace falta. Patricia se va al norte; seguro está ocupada haciendo las maletas.

Axel me miró de reojo.

—Desde niña prepara todo en menos de diez minutos cuando va a salir. ¿En qué va a estar tan ocupada?

Me di la vuelta y me fui sin que siquiera saliera detrás de mí para preguntarme cuándo me iba.

Roberto estaba en la biblioteca.

Le devolví a Roberto los cuadernos con apuntes de concursos académicos que había dejado en mi casa, pero su mirada se detuvo en la cámara que me colgaba del cuello.

La había comprado a los quince años, después de ahorrar durante un año el dinero que me daban para mis gastos.

Ahí estaba guardada casi toda nuestra vida de preparatoria, la de los cinco.

—Deja también la cámara.

Eso dijo Roberto.

—Martita quiere hacer un video de recuerdos para proyectarlo en la fiesta de bienvenida a la universidad.

—Es mía.

—Solo te la estoy pidiendo prestada. No es que no te la vayamos a devolver.

A una seña de Roberto, Marta se acercó y miró la cámara con ojos suplicantes.

—Patricia, solo quiero escoger unas fotos de ustedes cuando eran pequeños.

—Tú no fuiste parte de nuestra infancia.

Palideció un poco.

Roberto me miró con desaprobación.

—¿Tienes que decirlo de una forma tan hiriente? Ella solo lamenta no habernos conocido antes.

—¿Y por eso tienen que quitarme mi pasado para compensarla?

Roberto pareció perder la paciencia y tomó la bolsa de mi cámara, que yo había colgado del respaldo de la silla.

—Solo serán unos días. No hagas un drama.

Extendí la mano para arrebatársela, pero él la apartó.

—Cuando el video esté listo, le diré a Sergio que te la devuelva.

Lo miré fijamente por un momento y bajé la mano.

—Está bien.

En la cámara no había nada irremplazable porque ya había hecho copias de todo lo que de verdad valía la pena conservar.

Hugo, por su parte, me detuvo en la entrada del vecindario.

—Llegaste a tiempo.

Me lanzó un disco duro externo a los brazos.

—Aquí están los videos que grabamos todos estos años. Como eres buena editando, ayúdale a Martita a hacer un video de recuerdos por sus dieciocho años. Ella no tiene material de sus dieciocho años de vida. Por eso vamos a usar el nuestro.

Hugo hablaba como si tuviera toda la razón.

—Recortas las partes en las que no sea bueno que aparezcas, agregas unas fotos de Martita y listo.

Bajé la mirada hacia el disco duro, donde estaban la primera vez que anduvimos en bicicleta, la primera vez que fuimos a acampar y todos los cumpleaños que los cuatro habían pasado conmigo.

Ahora querían borrarme.

Que Marta ocupara mi lugar y tuviera una infancia completa.

—Está bien.

Acepté el disco duro.

Esta vez, el confundido fue Hugo.

—¿Así de fácil aceptas?

—¿No dijiste que se me pasaría después de dos días de hacer berrinche?

Se tocó la nariz.

—Lo importante es que entraste en razón.

En todo ese tiempo, ninguno me preguntó cuándo me iba al norte.

Por la noche, tras venir a buscarme para una cita, Sergio me llevó al restaurante de parrilladas al que solíamos ir, pero se pasó todo el tiempo con la cabeza agachada, respondiendo mensajes.

Cuando Marta le comentó que la base de la cama de su cuarto estaba demasiado dura, Sergio contactó a la tienda para cambiar el colchón, tras lo cual ella le dijo que le preocupaba no llevarse bien con sus compañeras.

Mientras le mandaba varios mensajes de voz largos para tranquilizarla, la carne de la parrilla que tenía enfrente se pasó de cocción y se endureció sin que él siquiera lo notara.

—Sergio.

—¿Sí?

—¿Todavía recuerdas qué voy a hacer mañana?

Por fin levantó la cabeza.

—¿Preparar las maletas?

—Algo así.

Suspiró aliviado y deslizó hacia mí una rebanada de pastel.

—Ya no pongas esa cara. Cuando llegues al norte, quédate tranquila. Te prometí que iría a verte y voy a cumplirlo.

Al salir, se inclinó y me besó la frente.

—Pórtate bien hasta que empiecen las clases. Dentro de un tiempo, los cinco iremos al norte a verte.

Sin decirle que sabía que mentía, regresé a casa, donde conecté el disco duro externo a la computadora y borré todo el material que compartíamos.

¿Por qué tenía que usar mis dieciocho años de vida para adornar la vida de Marta?

Desconecté el disco duro y lo metí en una caja para enviarlo como mi último regalo para ellos, un pasado limpio, sin ningún rastro de mí.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App