Elizabeth
Unos minutos antes, Elizabeth había oído el inconfundible rugido de la moto de John resonando en la avenida florida.
Pero esta vez no corrió a recibirlo con todas las luces encendidas y esperándolo en la entrada. Caminaba despacio, casi arrastrándose hacia su prisión de cristal.
Fue entonces cuando lo vio en la gran terraza y se detuvo. Y, incluso a distancia, sus miradas se cruzaron. Una mirada larga, cargada de todo lo que ninguno de los dos podía, o quería, decir. Cada uno inmerso e