CAPÍTULO NOVENTA Y TRES
El pequeño niño se encuclilló con la pelota entre sus brazos y cerró los ojos esperando el impacto.
Un impacto que nunca llegó, al contrario, el vehículo frenó quedando a un centímetro de arrollarlo. Las ruedas chirrían y el olor a neumático y motor quemado se impregnó en el ambiente.
A Emily se le empañaron los ojos de lágrimas y corrió a levantar a su pequeño niño entre sus brazos. Lo cobijo a su pecho, mientras no dejaba de temblar.
—¿Estas bien? Dime que estas bien.