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A mis queridas lectoras y lectores...

Antes que nada, muchísimas gracias por todo el apoyo a este bello libro, tal como el que han recibido mis otras historias. He leído todos y cada uno de sus comentarios; me gusta hacerlo para saber si voy por buen camino. Por eso, en algunas ocasiones les pregunto cosas mediante los mensajes de cada capítulo.

Ahora bien, les debo una disculpa; la verdad es que ya había construido el final de esta historia, pero, sinceramente, al leerlo completo, consideré que esta ya no debía tener más desgracias. Así fue como tomé la decisión de cambiarlo y, honestamente, como en mi mente ya tenía la historia final, ahora me ha costado un poco encaminarla a un final realmente digno para cerrar la historia de cada uno de los hermanos D’Angelo.

Estoy trabajando en cada capítulo para cerrarlo lo mejor que pueda y darles la historia que mejor haga justicia a cada uno de ellos. 

Sobre este libro había pensado continuar con la historia de los niños Pellegrini y Barzinni pero, siguiendo sus sugerencias, posiblemente lo plasme en un nuevo libro; este no será tan largo y solo hablará de: Enzo y Gio, los cuales, como han podido leer, se enlazan de a pocos con mi libro: La mujer que nunca fui…

Espero que cuando tenga oportunidad de publicarlo, les agrade… Por lo pronto, aquí les dejo lo que sería el primer bosquejo de la historia; díganme si les llama la atención.

De igual modo, terminando este, también voy a terminar otro libro que he dejado inconcluso por mucho tiempo.

Pronuncie tu nombre pero, pensé en ella...

Diana sostenía aquel plástico con la mano temblorosa, rogaba a todos los santos habidos y por haber que sus temores no fueran ciertos, que todo se tratase de un susto, miedo, reacción a lo ocurrido, montones de excusas que bien sabía podían ser verdad o bien, mentira.

Ella se había imaginado ser madre, claro que se había imaginado, pero no ahora, y menos de él, ¿Cómo podía ser? De él no, no podía, simplemente no podía. Este no era su plan de vida; estaba por irse a la universidad. Si esto sucedía, su madre se sentiría sumamente decepcionada; ya bastante tenía con lo que sucedió como para salir con más problemas por lo ocurrido aquella noche.

—¡Dios! ¡Dios, ayúdame! ¡Por favor! ¡Por favor, que no sea verdad! ¡Por favor! —dijo Diana con voz quebrada mientras abría de a poco los ojos, tal como si eso ayudara a que sus miedos no se hicieran realidad.

Diana solo pensaba en aquella noche, sí, esa maldita noche en que salió por la ventana. Ella creía que sería como cualquier otra escapada más: Adrián la recogería, ambos correrían hasta su moto y se irían al bar donde él solía presentarse con su banda.

Ella lo escucharía tocar y luego regresaría a casa como si nada hubiera ocurrido; sin embargo, el destino es caprichoso y tiende a torcer los caminos de maneras demasiado absurdas y dramáticas.

—¡No! ¡No puede ser! —dijo Diana al ver el resultado. —¡Esto no, no puede ser!

Diana no pudo más, se recargó contra la pared y se dejó caer al suelo con la prueba en mano. Inmediatamente comenzó a llorar. La vida no podía complicarse más: su madre la odiaba, su hermana la odiaba, su padre no quería ni verla. Su única esperanza era la universidad; ahora que entrara, tendría que irse de casa; bien podía fingir que tenía mucha tarea y no regresar a casa por largo tiempo, pero, con esto, ¿Cómo rayos le iba a hacer?

Aquella joven dejó caer varias lágrimas; de solo pensar en lo que su familia diría, era seguro que la iban a echar de casa. Diana había sido una niña bien portada, siempre había hecho lo correcto, al menos hasta que llegó a la preparatoria; ahí fue donde se cansó de lo mismo y, poco a poco, fue cambiando. Luego llegó Adrián y su vida cambió aún más.

—¡Dios! ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo le voy a hacer?

Ella se sentía completamente sola. Adrián no quería ni verla, cortesía de su hermana Renata, quien, dolida por lo ocurrido, se había lanzado con todo sobre ella; le había gritado, la había abofeteado, maldecido y, sobre todo, le había contado a Adrián lo sucedido, claro, con su versión de los hechos.

Adrián, por meses, le había insistido en dar aquel gran paso en su relación, pero ella no se sentía lista; no era que no lo quisiera, ella sentía que lo amaba. Amaba su música, sus poemas oscuros, su sonrisa, la familiaridad con la que la trataba, amaba cada momento con él, pero ahora, él ya no quería saber nada de ella.

—"Diana, ¿cómo demonios pude ser tan idiota? Todo este tiempo me viste la cara, ¿verdad? ¿Por qué, si querías andar con él, no hablaste claro? ¡Estas son idioteces! ¡Madura!”

Diana quería explicarse, pero no encontraba ninguna explicación a lo que sucedió. ¿Cómo podría explicarse? Sí, ni ella misma sabía bien qué sucedió.

Los recuerdos de aquella noche eran borrosos, sí, en efecto, cuando iba con Adrián solía consumir una o dos cervezas. Honestamente, ese nunca había sido un tema; sin embargo, ahora, por más que buscaba una explicación, simplemente no la hallaba.

—Esto no me puede estar pasando, ¿Por qué? ¿Por qué a mí?

Ella se iba a ir a Nueva York, iba a irse a estudiar arte dramático; esto venía totalmente a cambiar sus planes.

Por su mente cruzaron varias ideas; ella podía irse sin decirle a nadie y, ya en Nueva York, podía ver qué hacía con el tema del bebé; al menos estando lejos, no lidiaría con la reacción de su familia. Si ellos decidían dejar de apoyarla, bien estaba la herencia de su abuelo; ella podía pedirle a su padre que le diera su parte y de ahí podría vivir, al menos hasta que consiguiera un trabajo decente.

Otra idea cruzó su mente: bien podía buscar interrumpir el embarazo, por el tiempo, seguro que no había problema. Esa idea sonaba bien, pero algo en su interior le gritaba lo contrario.

—¿Qué voy a hacer? ¿Qué demonios debo hacer? —dijo metiendo su cabeza entre sus piernas.

Para todos, Diana era la hija problemática, rebelde y sin un futuro claro, mientras que Renata había madurado con la edad y gracias a la compañía de Giovanni.

Según lo dicho por su padre, le auguraba un futuro glorioso, puesto que se iría a estudiar negocios internacionales junto a Gio a Italia. Ambos tenían planes y, prácticamente, ya tenían todo listo: la universidad, el lugar donde vivirían y sabía que, tras terminar la carrera, se casarían; Diana había venido a joderlo todo, ¿cómo? Ni ella misma lo sabía o lo recordaba.

Diana estaba tan perdida en sus pensamientos que no se percató de que su madre llevaba rato llamándola, al menos no lo hizo hasta que esta entró al baño y la vio con prueba en la mano.

—¡Diana! Dime, por favor, que esto no es lo que estoy pensando. —dijo Marina con cara pálida ante lo que se venía sobre su hija.

La joven se quedó muda, ¿qué iba a decir? ¿Cómo iba a decir que era un error? Ese maldito plástico estaba en su mano; esas dos rayas indicaban lo que nadie quería escuchar.

—Diana, responde…

—¿Qué, madre? ¿Qué? ¿Qué quieres que te diga? ¡Sí! ¡Sí es lo que estás pensando! —dijo Diana rompiendo en llanto.

—Diana… —dijo Marina, quebrándosele la voz. —¿Sabes que debo llamar a tu padre? ¿verdad?

Diana sabía que, tan pronto su padre se enterara, ardería Troya, el imperio Montemayor y todo el mundo, pues al enterarse él, se enteraría ella y estaba completamente segura de que nada bueno saldría de todo esto.

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