Augusto era un hombre que debía estar a punto de cruzar a los cincuenta años. Seguramente, antes de conocer a la madre de Emely debió creer que iba a quedar soltero y sin hijos. Hacía muy malos chistes. Era delgado y utilizaba lentes grandes.
La cena fue sumamente aburrida para Emely, quien quería encerrarse en su cuarto a dormir, implorando que llegara el día siguiente.
—Y Emely —dijo Augusto a mitad de la cena—, ¿cómo te va en la universidad?
—Oh, le va muy bien, sacó el mejor puntaje de su g