Capítulo 40 — El peso de la sangre
La noche parecía tranquila, pero los demonios no descansaban. Vera se revolvía incómoda en su cama, atrapada en un sueño donde gritos, sombras y cadenas la rodeaban. El frío del convento volvía a su piel, con las voces que la jugaban y los recuerdos que la estrangulaban. Sin poder evitarlo se despertó de golpe, empapada en sudor y con un grito desgarrador que resonó en los pasillos de la mansión.
El instinto de sentirse protegiendo la llevó a buscar refugio en