YELENA
—Bienvenido, Alfa Tristan —dijo el director rápidamente, con voz algo apresurada. Era obvio que solo quería disipar la tensión que de repente se había apoderado de la sala como un puño de hierro.
Tristan asintió brevemente y se dirigió a la silla que le habían reservado. Ni siquiera nos miró al sentarse; su postura era erguida y su aura tan fría que hacía descender la temperatura.
Daniel lo siguió y se sentó a su lado, pero a diferencia de Tristan, no podía dejar de mirarme. Frunció el c