YELENA
Me dejé caer en la silla en cuanto entré en mi oficina; la puerta se cerró tras de mí con un golpe sordo.
Me dolía todo el cuerpo.
El olor a antiséptico aún se aferraba a mi piel, penetrante y frío, mezclándose con el leve olor metálico a sangre que nunca abandona del todo un hospital, por muy limpio que parezca.
Mis dedos se crisparon ligeramente al apoyarlos en el reposabrazos, como si aún recordaran cada corte, cada punto, cada segundo de la cirugía.
Había sido larga, pero había funci