Amy:
Imagino que los hombres del otro extremo del almacén están dormidos, seguramente tendidos en mantas en el suelo. Creo que son más de ocho, lo que significa que Alexis se las ver negras para cmsacarnos de aquí.
Vuelvo a mirarlo y me percato de que está abriendo las esposas de mis muñeca con una presilla, para luego cortar la soga que ata mis tobillos con un puñal.
—¿Cómo has entrado? —susurro sin dejar de mirarlo, embobada.
Él se detiene un segundo y me mira.
—Calla, motita —dice en un