Isabella caminaba con determinación por el largo camino que llevaba a la puerta principal de la mansión Colmenares. Habían pasado una semana fuera, y aunque no era un verdadero viaje romántico, había algo en esa vuelta a casa que la hacía sentir más ansiosa que nunca. Tomó aire y empujó suavemente la puerta.
Al entrar, sus pasos resonaron en el suelo de mármol. La casa estaba tranquila, como si todos estuvieran esperando su regreso. Desde el fondo del salón, apareció su madre, Doña Rosa, con un