Tumbada en el sofá, con las piernas cruzadas sobre el cojín y el móvil en las manos, volví a leer el mensaje de Enzo.
“Tuve que viajar al sur. Pero vuelvo el fin de semana y me encantaría verte. ¿Qué tal un café o una cena?”
Sonreí levemente, casi de forma automática, y mis dedos rozaron mis labios, recordando el beso de anoche. Había sido bueno… muy bueno. Enzo era atento, educado, guapo, todo en su sitio.
Pero no era Alessandro.
Suspiré, sintiendo el peso que traía esa constatación. No era ju