Alice
— ¡Alice! — escuché el grito familiar desde la salita del fondo y hasta se me revolvió el estómago.
Respiré hondo, me coloqué el delantal y caminé hacia la puerta con la certeza de que estaba a punto de recibir un sermón digno de telenovela. Cuando empujé la puerta, allí estaba él: señor Barbosa, con el traje sudado, el ceño fruncido y un vaso de café frío en la mano.
— ¿Me puedes explicar, por el amor de Dios, cómo le echas spray de pimienta en la cara a ese hombre?
Levanté las cejas, in