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—¡Liza! —la llamó Reina Maray con voz firme, al encontrar a la hembra Omega de Luna Plateada, caminando a orillas del lago en el jardín trasero, junto a los mellizos.
La brisa matutina acariciaba suavemente el rostro de Maray, trayendo consigo el perfume fresco de la hierba húmeda a orillas del lago.
Los árboles, altos y frondosos, proyectaban sombras sobre el suelo que se mecían al compás del viento, mientras los pájaros, en un coro encantador, llenaban el aire con sus cánticos.
—¡MAMÁ