—¡Habla! —espeté, mi voz resonando a través de las frías paredes de concreto del garaje.
El lugar apestaba a aceite, sangre y óxido. Perfecto para lo que yo lo usaba… castigo.
Estaba sentado en una silla metálica, la única en la habitación. Mi pistola estaba en mi mano, amartillada, apuntando de forma suelta al hombre arrodillado frente a mí, atado con cuerdas que se clavaban en sus muñecas. Su rostro estaba ensangrentado, la mandíbula hinchada por el último puñetazo que uno de mis hombres le h