Juntos contemplaron la puesta de sol desde el mirador. El sol rojo fuego fue hundiéndose gradualmente, pasando de un rostro redondo y completo a medio rostro, hasta desaparecer por completo, dejando solo un resplandor carmesí que se resistía a disiparse.
Lucía: —Vámonos, es hora de volver.
—Bien. Te llevo.
Una suave brisa sopló mientras sus miradas se encontraban, ambos con expresión serena.
En el coche, después de recibir una llamada, Lucía le dijo a Mateo: —Llévame a la universidad, el profeso