Esto... no parecía propio de Mateo.
—Creo que debo recordarte que quedan seis horas hasta el atardecer, y entonces terminará el día.
—Sí. Aunque quisiera estar contigo cada momento, sé que si no duermes la siesta en invierno, estarás cansada por la tarde.
Lucía guardó silencio un momento: —Entonces quiero una habitación para mí sola.
El hombre sonrió, aunque sus ojos estaban llenos de amargura: —Así estaba planeado. No soy tan... sinvergüenza.
Lucía no comentó nada.
La amargura en sus ojos se ex