Mateo había llegado temprano y esperaba frente al edificio en aquel frío día de invierno. La lluvia que había caído durante dos días en Puerto Celeste finalmente había cesado, pero había dejado tras de sí un marcado descenso en la temperatura. El aire cálido del verano se había desvanecido por completo, dejando solo un viento cortante que helaba los pulmones.
Lucía salió completamente abrigada, con un abrigo acolchado, gorro y bufanda. Mateo la esperaba en la calle, habiendo estacionado su auto