Enrique saltó agarrándose el pie mientras aullaba de dolor.
—¡Lo siento muchísimo! —dijo Lucía con fingida sorpresa— Se me resbaló, pero con una piel tan gruesa como la tuya, un golpecito no debería ser problema, ¿verdad?
Al ver esto, Talia se dio la vuelta y levantó una mesa entera. Sí, una mesa completa. ¡Aquí es donde su peso se convertía en ventaja! ¡Tenía una fuerza tremenda! Enrique se quedó paralizado: —¿Qué... qué vas a hacer?
—Mover las cosas, ¿qué más? —respondió Talia antes de lanzárs