—Recuerdo que te gusta el bistec, pero te molestaba cortarlo, así que preferías no comerlo. Desde entonces, cada vez que comíamos en restaurantes occidentales, siempre te lo cortaba.
La expresión de Lucía permaneció impasible mientras miraba el bistec cortado en pequeños trozos. No había venido hoy para comer; el simple hecho de estar sentada aquí con él ya era su límite.
Esta vez, sin darle oportunidad de interrumpir, fue directamente al grano: —Los trámites están casi completos, solo falta la