Cuando Lucía habló, Daniel volvió bruscamente a la realidad. —¿Ya está, profesor?
—Sí... ya está.
—Gracias.
Daniel volvió a mirar su cintura un par de veces, no con pensamientos indebidos, sino preocupado: ¡estaba demasiado delgada! ¿Acaso no estaba comiendo bien?
Mateo permaneció sentado frente al tocador desde el amanecer hasta el anochecer, y hasta el amanecer del día siguiente. No era que no quisiera dormir, simplemente no podía. Su mente, incansable e incontrolable, revivía el pasado: tanto