Lucía dio un mordisco y sonrió: — Está delicioso.
Carolina, observando la alegría en el rostro de su hija y recordando cómo había llegado hoy, sintió una punzada en el corazón. Tomó la mano de Lucía entre las suyas, cálidas, y le apartó el cabello de la cara, mirándola atentamente: — Has adelgazado.
Lucía, con la boca llena de fresa, negó con la cabeza, sus mejillas infladas:
— Para nada. Me acabo de pesar y he engordado casi un kilo desde la semana pasada.
— Solo parece que estoy más delgada. M