Miranda bajó del automóvil casi antes de que el motor terminara de detenerse.
Pero entonces escuchó algo.
Una vocecita conocida.
—¡Mamita!
Miranda se quedó paralizada.
—¡Mamita! ¡Mamita!
Sus ojos se llenaron inmediatamente de lágrimas.
Era la voz de sus niñas.
La puerta trasera del automóvil terminó de abrirse y las dos pequeñas aparecieron ante sus ojos.
Miranda sintió que el mundo volvía a ponerse en su lugar.
—¡Mis bebés!
No dudó ni un segundo.
Corrió hacia ellas.
Las niñas bajaron del automó