—¡Hace apenas un año me obligaron a casarme con ella por culpa de la abuela y de nuestros padres... y ahora resulta que quiere el maldito divorcio!
El rugido de Joaquín Kirland sacudió toda la oficina.
Su puño se estrelló contra el escritorio de caoba con tal fuerza que el portalápices cayó al suelo y varios documentos salieron despedidos.
Las venas de su cuello se marcaron con claridad.
Respiraba con dificultad.
Sus ojos parecían los de un depredador al que acababan de desafiar.
—¡¿Acaso perdió