Mientras tanto, en la oficina central de Kirland Group, el ambiente era completamente distinto.
En el despacho del presidente reinaba un silencio tan pesado que parecía imposible respirar.
Tom permanecía de pie frente al enorme escritorio de caoba.
Había trabajado con Joaquín durante años y conocía perfectamente esa expresión.
Cuando su jefe sonreía de aquella manera, era mucho más peligroso que cuando gritaba.
El reflejo de las luces de la ciudad dibujaba sombras sobre el rostro de Joaquín Kril