Miranda salió de la habitación sin volver la vista atrás.
Cada paso que daba por el largo pasillo del hospital era una batalla silenciosa contra las lágrimas que amenazaban con desbordarse. Había esperado ese momento durante meses. Se había repetido una y otra vez que, cuando llegara el día del divorcio, se sentiría libre.
Pero la libertad dolía.
Dolía porque, aunque acababa de recuperar su dignidad, también acababa de perder al hombre al que había amado con todo su corazón.
Respiró profundament